Paula tenía muchas cualidades importantes, aunque cabe aceptar también algunos defectos, que en realidad no sé si se pudieran nombrar así. Eran descuidos tan importantes, que en ocasiones la llevaban a algo mejor y si no mejor, por lo menos más divertido.
Uno de estos descuidos era, bajarse en la mayoría de las ocasiones, en estaciones de metro a las que no iba, casi siempre antes o después, pero nunca exactamente en el lugar destinado. Esta falta de atención no es por una falta de vitaminas o porque se quede dormida o porque esté leyendo un libro de Julio Verne o una revista, esto se debe más bien a que ella piensa en cosas muy extrañas, le absorben toda la atención y únicamente se dedica a analizar el proceso de la idea que tiene en el momento y no la suelta hasta que la comprende.
Cierto día pensaba con gran dedicación una frase de Borges, quería lograr aprehender (porque el otro “aprender” ya lo había logrado) realmente el trasfondo de la oración, separaba mentalmente todos los signos lingüísticos que la componían, deconstruía la frase, ingenuamente quería comprender el todo a través de la suma de las partes.
A mitad de la separación de un artículo de un sustantivo de un adjetivo de un verbo de un pronombre; se abren las puertas del vagón y ella sale, no por voluntad sino por una fuerza exterior que la movió. Las puertas se cierran a sus espaldas, sus pensamientos se interrumpen, vuelta a la realidad (¿su realidad o la realidad universal?), súbita toma de conciencia de que no es la estación correcta. Lo único que le queda por hacer es levantar la mirada hacia la pared que tiene al frente y ver ahí, como una señal de otro mundo, la cara de Borges pintada en un mural. Terrible sentimiento de que aquello va más allá de la casualidad y que de alguna u otra forma se tenía que bajar justo en aquél lugar y ver al autor de la cita que estaba analizando... Probablemente era un mensaje para no buscar un más allá, un significado de fondo en la frase. Pero a lo mejor era una extraña conexión metafísica-parapsicológica del azar, entre el inframundo donde pudiera estar Borges, recibiendo y transmitiendo este tipo de mensajes en aquella estación subterránea de metro.
Cuando Paula decidió retomar su rumbo y tomar el siguiente tren, estaba menos absorta en tratar de entender la frase, prefería ahora sentirla, sabía que eso era mucho mejor. El tren llegó. Se abrieron las puertas y fue la única en esa estación que entró al vagón, aunque fueron varios los que salieron. En cuanto se cerraron las puertas detrás de ella, las personas que se encontraban en el lado izquierdo del vagón, soltaron varias risas, todos se volteaban a ver tímidamente, encontrando en los ojos del otro un cómplice, suficiente estímulo para seguir con la risa. Tres muchachos trataron de ver a través del vidrio al causante de aquél chascarrillo (qué palabra, trae a la mente recuerdos de la preparatoria, de los amigos... pero basta de la asociación libre) que se había bajado, probablemente no soportó la burla de la sociedad del vagón de metro, sociedad demasiado exigente. La mitad del lado derecho parecían recelosos de no haber podido presenciar tan de cerca el suceso que precipitó la risa en los otros. Entre tanta carcajada, Paula se preguntaba qué había sido tan gracioso, quería saber que había motivado a esa interacción entre tantas personas desconocidas. La risa de los niños era la que más la intrigaba, estuvo a punto de pedirles una explicación ante tanta alegría. Sabía que no podía hacerlo, fuera lo que fuera, había sucedido en un instante y no era justo verbalizarlo y definirlo en términos concretos, era mejor que conservara un agradable recuerdo en la memoria de las personas. Por fin había aceptado que algunas cosas era mejor dejarlas en instantes, en situaciones que jamás volverán a presentarse por mucha fotografía o cámara de video que se utilice; si ella no fue partícipe del chascarrillo, no era motivo para angustiarse, era mejor pensar que ella había tenido una conexión con un gran escritor y que los demás no, aunque le daba rabia que las demás personas no supieran de ese instante que ella había vivido.
Al final, se decidió por preguntarle a un niño qué es lo que había pasado...
en honor a quien alguna vez pensó ver la cara de Borges en los murales del metro Insurgentes...
Uno de estos descuidos era, bajarse en la mayoría de las ocasiones, en estaciones de metro a las que no iba, casi siempre antes o después, pero nunca exactamente en el lugar destinado. Esta falta de atención no es por una falta de vitaminas o porque se quede dormida o porque esté leyendo un libro de Julio Verne o una revista, esto se debe más bien a que ella piensa en cosas muy extrañas, le absorben toda la atención y únicamente se dedica a analizar el proceso de la idea que tiene en el momento y no la suelta hasta que la comprende.
Cierto día pensaba con gran dedicación una frase de Borges, quería lograr aprehender (porque el otro “aprender” ya lo había logrado) realmente el trasfondo de la oración, separaba mentalmente todos los signos lingüísticos que la componían, deconstruía la frase, ingenuamente quería comprender el todo a través de la suma de las partes.
A mitad de la separación de un artículo de un sustantivo de un adjetivo de un verbo de un pronombre; se abren las puertas del vagón y ella sale, no por voluntad sino por una fuerza exterior que la movió. Las puertas se cierran a sus espaldas, sus pensamientos se interrumpen, vuelta a la realidad (¿su realidad o la realidad universal?), súbita toma de conciencia de que no es la estación correcta. Lo único que le queda por hacer es levantar la mirada hacia la pared que tiene al frente y ver ahí, como una señal de otro mundo, la cara de Borges pintada en un mural. Terrible sentimiento de que aquello va más allá de la casualidad y que de alguna u otra forma se tenía que bajar justo en aquél lugar y ver al autor de la cita que estaba analizando... Probablemente era un mensaje para no buscar un más allá, un significado de fondo en la frase. Pero a lo mejor era una extraña conexión metafísica-parapsicológica del azar, entre el inframundo donde pudiera estar Borges, recibiendo y transmitiendo este tipo de mensajes en aquella estación subterránea de metro.
Cuando Paula decidió retomar su rumbo y tomar el siguiente tren, estaba menos absorta en tratar de entender la frase, prefería ahora sentirla, sabía que eso era mucho mejor. El tren llegó. Se abrieron las puertas y fue la única en esa estación que entró al vagón, aunque fueron varios los que salieron. En cuanto se cerraron las puertas detrás de ella, las personas que se encontraban en el lado izquierdo del vagón, soltaron varias risas, todos se volteaban a ver tímidamente, encontrando en los ojos del otro un cómplice, suficiente estímulo para seguir con la risa. Tres muchachos trataron de ver a través del vidrio al causante de aquél chascarrillo (qué palabra, trae a la mente recuerdos de la preparatoria, de los amigos... pero basta de la asociación libre) que se había bajado, probablemente no soportó la burla de la sociedad del vagón de metro, sociedad demasiado exigente. La mitad del lado derecho parecían recelosos de no haber podido presenciar tan de cerca el suceso que precipitó la risa en los otros. Entre tanta carcajada, Paula se preguntaba qué había sido tan gracioso, quería saber que había motivado a esa interacción entre tantas personas desconocidas. La risa de los niños era la que más la intrigaba, estuvo a punto de pedirles una explicación ante tanta alegría. Sabía que no podía hacerlo, fuera lo que fuera, había sucedido en un instante y no era justo verbalizarlo y definirlo en términos concretos, era mejor que conservara un agradable recuerdo en la memoria de las personas. Por fin había aceptado que algunas cosas era mejor dejarlas en instantes, en situaciones que jamás volverán a presentarse por mucha fotografía o cámara de video que se utilice; si ella no fue partícipe del chascarrillo, no era motivo para angustiarse, era mejor pensar que ella había tenido una conexión con un gran escritor y que los demás no, aunque le daba rabia que las demás personas no supieran de ese instante que ella había vivido.
Al final, se decidió por preguntarle a un niño qué es lo que había pasado...
en honor a quien alguna vez pensó ver la cara de Borges en los murales del metro Insurgentes...
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