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miércoles, 28 de mayo de 2008
¿politización del blog? no...pero sí...
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viernes, 23 de mayo de 2008
Al son de los balazos
México presenta, hoy en día, un escenario terrorífico. Las jornadas sangrientas que se han desarrollado en el país (especialmente en el norte) han puesto en jaque la capacidad de Felipe Calderón para contener el embate de las narco-ejecuciones. Tan sólo en lo que va de la administración calderonista, más de cuatro mil personas han sido ultimadas.
A pesar de los grandes operativos militares orquestados por el Ejecutivo Federal, estados como Baja California, Durango, Sinaloa, Chihuahua, Michoacán, Estado de México y Guerrero, se codean entre las entidades más violentas de la República. Asesinatos y "levantones", sin freno. Autoridades policiacas viven a diario con pánico, algunos renuncian a sus cargos, otros mueren. Los narcos feudalizan territorios.
Peor aún para Calderón, la célula delictiva llamada "La Federación" o "La Comitiva" vive una pugna por el poder, una disputa entre los Beltrán Leyva y el "Chapo" Guzmán, situación que beneficia a "Los Zetas", para poder consolidarse como el cártel más fuerte del país, un grupo que, según autoridades de la DEA, es altamente violento. Se bosqueja un panorama más sangriento.
"Ya basta", dijo recientemente el sucesor de Vicente Fox, en un tono que da muestra de la desesperación e impotencia que carga consigo todos los días, ante la ola de crímenes que se ha desatado en el país que no logra abatir y, dicho sea de paso, no lo hará, pues el crimen organizado lo supera por mucho.
La República Mexicana baila al son de los balazos sobre tapetes de cadáveres. El narco se convierte en un constante prefijo del vocablo cotidiano, "narco-ejecución", "narco-batalla", "narco-violencia", "narco-balacera", etc. En fin, no queda más que el exilio voluntario o la resignación de vivir en nuestro querido Narco-México.
domingo, 11 de mayo de 2008
Metro
Paula tenía muchas cualidades importantes, aunque cabe aceptar también algunos defectos, que en realidad no sé si se pudieran nombrar así. Eran descuidos tan importantes, que en ocasiones la llevaban a algo mejor y si no mejor, por lo menos más divertido.
Uno de estos descuidos era, bajarse en la mayoría de las ocasiones, en estaciones de metro a las que no iba, casi siempre antes o después, pero nunca exactamente en el lugar destinado. Esta falta de atención no es por una falta de vitaminas o porque se quede dormida o porque esté leyendo un libro de Julio Verne o una revista, esto se debe más bien a que ella piensa en cosas muy extrañas, le absorben toda la atención y únicamente se dedica a analizar el proceso de la idea que tiene en el momento y no la suelta hasta que la comprende.
Cierto día pensaba con gran dedicación una frase de Borges, quería lograr aprehender (porque el otro “aprender” ya lo había logrado) realmente el trasfondo de la oración, separaba mentalmente todos los signos lingüísticos que la componían, deconstruía la frase, ingenuamente quería comprender el todo a través de la suma de las partes.
A mitad de la separación de un artículo de un sustantivo de un adjetivo de un verbo de un pronombre; se abren las puertas del vagón y ella sale, no por voluntad sino por una fuerza exterior que la movió. Las puertas se cierran a sus espaldas, sus pensamientos se interrumpen, vuelta a la realidad (¿su realidad o la realidad universal?), súbita toma de conciencia de que no es la estación correcta. Lo único que le queda por hacer es levantar la mirada hacia la pared que tiene al frente y ver ahí, como una señal de otro mundo, la cara de Borges pintada en un mural. Terrible sentimiento de que aquello va más allá de la casualidad y que de alguna u otra forma se tenía que bajar justo en aquél lugar y ver al autor de la cita que estaba analizando... Probablemente era un mensaje para no buscar un más allá, un significado de fondo en la frase. Pero a lo mejor era una extraña conexión metafísica-parapsicológica del azar, entre el inframundo donde pudiera estar Borges, recibiendo y transmitiendo este tipo de mensajes en aquella estación subterránea de metro.
Cuando Paula decidió retomar su rumbo y tomar el siguiente tren, estaba menos absorta en tratar de entender la frase, prefería ahora sentirla, sabía que eso era mucho mejor. El tren llegó. Se abrieron las puertas y fue la única en esa estación que entró al vagón, aunque fueron varios los que salieron. En cuanto se cerraron las puertas detrás de ella, las personas que se encontraban en el lado izquierdo del vagón, soltaron varias risas, todos se volteaban a ver tímidamente, encontrando en los ojos del otro un cómplice, suficiente estímulo para seguir con la risa. Tres muchachos trataron de ver a través del vidrio al causante de aquél chascarrillo (qué palabra, trae a la mente recuerdos de la preparatoria, de los amigos... pero basta de la asociación libre) que se había bajado, probablemente no soportó la burla de la sociedad del vagón de metro, sociedad demasiado exigente. La mitad del lado derecho parecían recelosos de no haber podido presenciar tan de cerca el suceso que precipitó la risa en los otros. Entre tanta carcajada, Paula se preguntaba qué había sido tan gracioso, quería saber que había motivado a esa interacción entre tantas personas desconocidas. La risa de los niños era la que más la intrigaba, estuvo a punto de pedirles una explicación ante tanta alegría. Sabía que no podía hacerlo, fuera lo que fuera, había sucedido en un instante y no era justo verbalizarlo y definirlo en términos concretos, era mejor que conservara un agradable recuerdo en la memoria de las personas. Por fin había aceptado que algunas cosas era mejor dejarlas en instantes, en situaciones que jamás volverán a presentarse por mucha fotografía o cámara de video que se utilice; si ella no fue partícipe del chascarrillo, no era motivo para angustiarse, era mejor pensar que ella había tenido una conexión con un gran escritor y que los demás no, aunque le daba rabia que las demás personas no supieran de ese instante que ella había vivido.
Al final, se decidió por preguntarle a un niño qué es lo que había pasado...
en honor a quien alguna vez pensó ver la cara de Borges en los murales del metro Insurgentes...
Uno de estos descuidos era, bajarse en la mayoría de las ocasiones, en estaciones de metro a las que no iba, casi siempre antes o después, pero nunca exactamente en el lugar destinado. Esta falta de atención no es por una falta de vitaminas o porque se quede dormida o porque esté leyendo un libro de Julio Verne o una revista, esto se debe más bien a que ella piensa en cosas muy extrañas, le absorben toda la atención y únicamente se dedica a analizar el proceso de la idea que tiene en el momento y no la suelta hasta que la comprende.
Cierto día pensaba con gran dedicación una frase de Borges, quería lograr aprehender (porque el otro “aprender” ya lo había logrado) realmente el trasfondo de la oración, separaba mentalmente todos los signos lingüísticos que la componían, deconstruía la frase, ingenuamente quería comprender el todo a través de la suma de las partes.
A mitad de la separación de un artículo de un sustantivo de un adjetivo de un verbo de un pronombre; se abren las puertas del vagón y ella sale, no por voluntad sino por una fuerza exterior que la movió. Las puertas se cierran a sus espaldas, sus pensamientos se interrumpen, vuelta a la realidad (¿su realidad o la realidad universal?), súbita toma de conciencia de que no es la estación correcta. Lo único que le queda por hacer es levantar la mirada hacia la pared que tiene al frente y ver ahí, como una señal de otro mundo, la cara de Borges pintada en un mural. Terrible sentimiento de que aquello va más allá de la casualidad y que de alguna u otra forma se tenía que bajar justo en aquél lugar y ver al autor de la cita que estaba analizando... Probablemente era un mensaje para no buscar un más allá, un significado de fondo en la frase. Pero a lo mejor era una extraña conexión metafísica-parapsicológica del azar, entre el inframundo donde pudiera estar Borges, recibiendo y transmitiendo este tipo de mensajes en aquella estación subterránea de metro.
Cuando Paula decidió retomar su rumbo y tomar el siguiente tren, estaba menos absorta en tratar de entender la frase, prefería ahora sentirla, sabía que eso era mucho mejor. El tren llegó. Se abrieron las puertas y fue la única en esa estación que entró al vagón, aunque fueron varios los que salieron. En cuanto se cerraron las puertas detrás de ella, las personas que se encontraban en el lado izquierdo del vagón, soltaron varias risas, todos se volteaban a ver tímidamente, encontrando en los ojos del otro un cómplice, suficiente estímulo para seguir con la risa. Tres muchachos trataron de ver a través del vidrio al causante de aquél chascarrillo (qué palabra, trae a la mente recuerdos de la preparatoria, de los amigos... pero basta de la asociación libre) que se había bajado, probablemente no soportó la burla de la sociedad del vagón de metro, sociedad demasiado exigente. La mitad del lado derecho parecían recelosos de no haber podido presenciar tan de cerca el suceso que precipitó la risa en los otros. Entre tanta carcajada, Paula se preguntaba qué había sido tan gracioso, quería saber que había motivado a esa interacción entre tantas personas desconocidas. La risa de los niños era la que más la intrigaba, estuvo a punto de pedirles una explicación ante tanta alegría. Sabía que no podía hacerlo, fuera lo que fuera, había sucedido en un instante y no era justo verbalizarlo y definirlo en términos concretos, era mejor que conservara un agradable recuerdo en la memoria de las personas. Por fin había aceptado que algunas cosas era mejor dejarlas en instantes, en situaciones que jamás volverán a presentarse por mucha fotografía o cámara de video que se utilice; si ella no fue partícipe del chascarrillo, no era motivo para angustiarse, era mejor pensar que ella había tenido una conexión con un gran escritor y que los demás no, aunque le daba rabia que las demás personas no supieran de ese instante que ella había vivido.
Al final, se decidió por preguntarle a un niño qué es lo que había pasado...
en honor a quien alguna vez pensó ver la cara de Borges en los murales del metro Insurgentes...
lunes, 5 de mayo de 2008
Finitud
Destino que nunca se agota
la inocuidad del flujo cotidiano magulla los frutos de la esperanza,
la proximidad y lo lejano, ambigüedad pura
la mente que se compone y descompone sin sentido,
el presente fugazmente se vuelve ayer
y el tránsito muere al instante,
el mañana ominoso que encarcela ilusiones
es diatribia obscena al pensamiento inquieto
y justificación de la absoluta incertidumbre,
la visibilidad se bifurca en planos discontinuos
y el conocimiento se esfuma en prismas rotos,
insignificancia del acto y hecho
constante deriva al abismo
muerte, omnipresente
finitud, castigo a la humanidad ingenua.
la inocuidad del flujo cotidiano magulla los frutos de la esperanza,
la proximidad y lo lejano, ambigüedad pura
la mente que se compone y descompone sin sentido,
el presente fugazmente se vuelve ayer
y el tránsito muere al instante,
el mañana ominoso que encarcela ilusiones
es diatribia obscena al pensamiento inquieto
y justificación de la absoluta incertidumbre,
la visibilidad se bifurca en planos discontinuos
y el conocimiento se esfuma en prismas rotos,
insignificancia del acto y hecho
constante deriva al abismo
muerte, omnipresente
finitud, castigo a la humanidad ingenua.
jueves, 1 de mayo de 2008
Ocio
En ocasiones a los dos nos gusta perder el tiempo. No es por ocio o porque no sepamos aprovechar lo que la vida nos ha otorgado, es más bien para sublevarnos a una forma de pensar y de vivir. Estamos tan sumergidos en el sistema de tiempo-es-oro, que es necesario que una pareja tome la decisión de cambiar y ver si así los demás nos deciden copiar. El tiempo lo perdemos de las maneras más espectaculares, aunque no nos guste adjetivarlo así porque suena bastante mercadotécnico.
Salimos algunos días a caminar por la calle, observar detenidamente cada casa y comercio que está a nuestro alrededor, en ocasiones, cuando realmente no tenemos nada que hacer, tratamos de memorizar todas y cada una de las personas que viven en cierta colonia. Nos gusta establecer correlaciones casi-científicas del tipo de persona que vive en cierta colonia y la forma en que las casas están construidas, aunque yo creo que la variable es más bien, el tipo de árboles que tiene una colonia con el tipo de personas que en ella habitan. A veces a ella se le ocurre memorizar las placas de los autos que están estacionados frente a las casas más extrañas, y trata de establecer cierta lógica guiándose por las conjeturas que le dice el tarot o el horóscopo, piensa que detrás de aquellos pedazos de metal se puede leer con ayuda de las posiciones de las estrellas, cierto trama celeste destinado a la vida mística de aquella colonia; aunque a mi me gusta creer que todas las letras de aquellas placas componen un mantra, al parecer el más divino de los mantras, que únicamente lo repiten los iniciados, que aceptaron el lugar tan extraño en el que viven por un poco de felicidad y de sosiego en el mundo.
Cuando no estamos de humor para caminar por la ciudad, preferimos quedarnos a tomar un café en algún lugar sencillo, que tenga bancas en la acera para poder contemplar a la sociedad y a la ciudad de una forma muy cercana. Recuerdo que un día mientras yo tomaba un café en mi pequeña tacita blanca, ella se apropiaba de mi mano y hacía el intento de leer mi futuro en ella. A mí me parecía algo bastante extraño, no porque no creyera que existía algún tipo de escritura en mi cuerpo que me revelara mi destino; lo extraño de todo era que me leyera la mano en un café, cuando podría haber leído mi provenir en la tacita blanca. Yo pensé que era como tratar de leer un libro en japonés cuando enfrente se tiene una copia en español y que para rematar se encuentra uno en España. Pero cada quien tiene su forma particular de complicarse la vida, lo cual es muy respetable.
Un poco más y casi descubrimos el secreto del universo, uno nunca puede estar seguro que lo que tiene enfrente es la realidad y no simples sombras de lo que no podemos percibir claramente, aunque tal vez con estos mantras, estas placas, estos paseos a pie, esta lectura de mano, nosotros hemos logrado visualizar la vida diferente; como aquellas experiencias en el subsuelo...
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