Se efectuaba en el inmueble de la Opera de París la Conferencia Anual de Masoquistas Underground (en realidad nadie sabe de dónde salió el sufijo underground; pero se atribuye a un simple y llano snobismo) que buscaba afianzar la hermandad entre estos personajes, que se consideran estoicos de convicción y vocación.
Todos los asistentes esperaban con ansias desmedidas el final del evento para escuchar la última ponencia, que correría bajo la batuta de Camile Nadj, un francés de padres diplomáticos serbios, de quien se decía era el mayor intelectual martirista, cuya ideología, para algunos, poseía una condición dogmática.
El bullicio de la gente disminuía, entre más se acercaba el "Duque del azote" (apodo de Camile) al estrado, hasta que el silencio se convirtió en un imperativo. El franco-serbio soltaba una mirada agudizante que penetraba en cada una de las personas, quienes lo absorbían atenta y sumisamente, desenfundaba la pluma de su bolsillo, la alzaba y decía con firmeza "¡quiero ser un chicle de uva!"
Los concurrentes se miraban, entre sí, confundidos ante lo que habían esuchado. Algunos pensaron que era un mal chiste, otros que su genialidad se había transformado finalmente en locura y unos más sólo enmudecieron.
Después de una pausa, Camile retomaba la palabra. "Ustedes deben conceptualizar mi enunciado. Si fueran chicles, podrían disfrutar del masticado. Ahora imagínenselo por un instante; son amorfos, se introducen en la boca de una persona, comienzan a ser masticados, a veces lento, a veces rápido; se pasan de un lado a otro; los molares los aplastan, los colmillos los desgarran; son convertidos en bombas, explotan, son escupidos y, una vez en el suelo, pisoteados. Es la máxima del dolor, un hedonismo auténtico."
En el teatro, los asistentes adquirían una pose reflexiva después de haber escuchado el discurso del Duque, sin embargo, nadie levantaba la mano para hacer alguna pregunta al respecto, exepto uno, Eugene, académico costumbrista y botánico aficionado. Se puso de pie y, con la miraba de todos apostada en su ser, preguntó "¿Por qué uva?", Camile metió su pluma en la bolsa del saco, se dio la vuelta, y se retiró ante la incredulidad del respetable.
A la salida del evento, todos los masoquistas fueron a las tiendas de autoservicio más cercanas a conseguir chicles de uva, que masticaron hasta que les sangraron las encías. El Duque no volvió a aparecer en público; se rumora que para experimentar en carne propia ser goma de mascar, se aventó a un río infestado de hipopótamos y no salió con vida.
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2 comentarios:
Muy cierto.. que triste vida la del chicle.. pasar por todas las clases de dolor y humillación, me encantó la compraración
:)
Se habra hecho su agosto el de la tiendita :) me gusto , tambien el chicle de uva
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