lunes, 16 de junio de 2008

Los gritos y susurros de Bergman

El sufrimiento no deja de ser una incómoda escolta en nuestras vidas, queramos o no, su presencia nunca desaparecerá por completo. En algunas ocasiones vive en silencio, en otras, nos aprisiona hasta el punto de la asfixia. Bajo este tono, el cineasta sueco Ingmar Bergman (Uppsala, 14 de julio de 1918 – Farö, 30 de julio de 2007) realiza en 1972 una de las obras monumentales del cine mundial, Gritos y susurros (Viskningar och rop, en sueco)
El filme relata la historia de tres hermanas de una familia acomodada en Suecia que, tras varios años de ausencia, se reúnen debido a la enfermedad terminal de una de ellas, Agnes, quien es cuidada celosa y cariñosamente por la sirvienta de la casa, Anna.
Sin embargo, la línea central de la película no permanece sólo con el sufrimiento físico de Agnes, sino que aborda la agonía emocional de las otras dos hermanas, María y Karin, la primera esboza una personalidad caprichosa y egoísta, mientras la segunda resulta ser la imagen de la frialdad, una mujer que vive en un matrimonio incómodo y sin amor alguno.
El lente de Bergman logra capturar, a través de una visión analítica y reflexiva, todos los matices de tres vidas tormentosas, mediante la predominancia del color rojo, la carencia de música y los primerísimos planos, que agudizan y acentúan más el drama de la historia. Aunado a lo anterior, las actuaciones de Harriet Andersson, Ingrid Thulin, Liv Ullmann y Kari Sylwan aportan el toque clave, para reflejar la genialidad del director nórdico.
El pesar, la fe religiosa, el debate ontológico y la incomunicación humana, profundos estigmas bergmanianos, son elementos constantes en una película que muestra, como su título bien lo sugiere, los gritos, por un lado, de una dulce Agnes, causados por un cáncer masivo y, por el otro, los susurros, de María y Karin, que se esconden debajo de una máscara hipócrita y frívola.

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